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Las hermanitas Valois

Lucha entró en el altillo enfurruñada, hosca, y abrió el tomo de la enciclopedia británica pretextando necesidades de prepararse para una prueba escrita del próximo lunes. Gachi se acercó a mí como siempre y me desafió a una partida de ajedrez, convencida de que podría ganarme. En veinte minutos me tenía acorralado, con mi rey negro amenazado por culpa de mirar las piernas de Lucha y no prestar atención a las alternativas del juego: «Si puedes salvarte prometo premiarte con un beso de lengua…», dijo Gachi, con tanta picardía que la posibilidad de tener su boca en la mía hizo estragos en mi médula espinal, con tanto dolor que quedé duro, estático, sin poder mover ni los ojos, comprobando que resultaría imposible sortear la trampa del jaque mate inminente. Me revolví en la silla para quitarme la quietud, puse todo el cerebro en los trebejos esparcidos en el tablero, con los blancos posicionados directamente para matar. No había manera, cualquier movimiento que hiciera el caballo saltaba amenazando al rey negro y la reina blanca lo devoraría como serpiente hambrienta. Gachi sonrió, me miró largamente, y en cuanto hice el único movimiento posible empuñó el caballo y lo colocó ostentosamente en el cuadro equivocado, permitiendo que pusiera al rey a resguardo y reacomodara mi defensa: «¿Todavía puedo confiar en tu promesa?», pregunté, pero Gachi no alcanzó a responderme: Lucha se levantó de la perezosa, se acercó a mi silla, pasó una pierna por encima de mi cuerpo y se enhorquetó en mi regazo, uniendo su boca con la mía y haciendo que su lengua despertara todos mis instintos, sin importarle que su hermana nos observara con ojos alelados.

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Di libertad a mis manos para acariciarle las piernas, descubrir que, como de costumbre, no tenía bombacha, y pasarlas por la cintura de la falda y alcanzar los pechos por primera vez, con tantos excelentes resultados que Lucha gimió, se retorció de placer y con dedos urgidos escarbó en mi pantalón hasta desprender la bragueta y dejar en libertad a mi virilidad endurecida y plenamente avispada. Sentí cómo Lucha se movía buscando que mi miembro la penetrara, facilitada por la posición dominante de jinete que tenía, y de pronto una oleada de dolor me hizo estremecer al desenfundarse el glande y hundirse como punta de espada en las profundidades hasta entonces desconocidas. Lucha gimió, comenzó a temblar, apretó tanto su boca contra la mía que los dientes chocaron con ansias de despedazarse y sus brazos se enroscaron en mi cuello dispuestos a matarme. Comenzó a saltar, a maltratar mi celo con el suyo, y cuando pude salir de la sorpresa apoyé ambas manos en las nalgas y me defendí con la teoría del ajedrez, que dice que la mejor defensa es el mejor ataque. Lucha retiró la boca y la hundió en mi cuello, y de pronto vi el rostro alelado de Gachi observándonos sin poder respirar. En medio de los espasmos del primer orgasmo de Lucha creí que Gachi me golpearía, defendiendo el honor de su hermana, pero no me atacó, sino todo lo contrario: se acercó, nos abrazó y puso sus labios contra los míos. Dejé, inconscientemente, de apretar las nalgas de Lucha y llevé la mano a las de Gachi, por debajo del vestido, pasé la frontera de la bombacha y la calcé en el encuentro trasero de las piernas, sintiendo que estaban como el fuego vivo, llameantes y ardidas. Creo que en esos momentos el miembro que golpeaba el fondo vaginal de Lucha creció y se enanchó, porque tanto ella como yo alcanzamos el final juntos, con tanta intensidad que arrastramos a Gachi a estremecerse como si también estuviese copulando con ella.

Habíamos cruzado la ansiada frontera de la sexualidad teórica a la práctica, sin gran experiencia pero con enorme fervor. Lucha lloraba abrazada a Gachi y yo me sentía como el más miserable de los violadores, sentado en la misma silla del coito, con la delantera del pantalón enchastrada por salpicaduras de sangre, jugos vaginales y semen. Sentía el cuerpo aún más vacío que al término de las consolaciones, más debilitado y angustiado, sin fuerzas para levantarme por lo menos para acomodar las ropas y controlar el después, con las chicas llorando y la reunión de madres abajo.

Gachi reaccionó con presteza y su actitud fue conmovedora: echó mano a su bolso y sacó la toalla, se acercó a la silla y comenzó a limpiarme, sin hacer ascos al miembro amorcillado que mostraba la fatiga de su hazaña. Me levantó calzoncillo y pantalón, cerró la bragueta, acomodó la camisa y opinó que lo mejor sería cambiarme, ponerme otra cosa, porque parecía un carnicero. Hizo lo mismo con Lucha, tomando el papel de hermana dominante, mientras la víctima de mi mala acción buscaba un rincón para sollozar su arrepentimiento: «Me robaste la virginidad, hijo de puta…», susurró desde lejos, pero no consiguió borrar del rostro compungido la sonrisa caudal de hembra satisfecha. Gachi me pidió que no la escuchara, que me acusaba de cosas no ciertas, y la retó con palabras fuertes para que dejara de lagrimear y no despertara sospechas cuando la madre las llamara para ir a casa.

Para suerte nuestra la reunión se prolongó bastante, dándome tiempo para bajar y volver con pantalones limpios, además de traer la toalla húmeda que adecentó a Lucha.

Fue la primera y única vez que copulé con la mayor de las hermanitas Valois, pese a que continuamos reuniéndonos en el altillo hasta que fui a la universidad. Pero las cosas eran al revés: Lucha vigilaba como Celestina rigurosa y Gachi y yo disfrutábamos del franeleo normal de los "novios" en serio, convencidos de que alguna vez despertaríamos juntos en la misma cama y lo continuaríamos haciendo hasta la hora de la muerte de alguno de los dos. En esos tiempos a la novia y futura madre de los hijos se la respetaba, no se la desfloraba antes del matrimonio, y realmente luchamos como forzados para no caer en la tentación de arrebatarnos el momento más grandioso e inolvidable de una pareja. Esperamos diez años para encontrarnos en la cama del hotel donde pasamos la noche de luna de miel, y nos conocíamos tanto que llegamos a la consumación del amor con la naturalidad que permite el celo bien entendido. Esa madrugada, en el momento en que Gachi me recibió entre sus piernas y se abrió como flor, confesó que la tarde de la discusión con Lucha, que derivó luego en el descubrimiento del sexo, llegaron a un arreglo fraternal: «Lucha para ese momento y por única vez, yo para toda la vida…», dijo, guardando el quejido que significó la irrupción de mi antera en el cáliz de su amor.

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